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¿Hambre y mal humor?


SALUD Y NUTRICIÓN

¿Por qué nos ponemos de malas cuando tenemos hambre?

El ser humano ha experimentado a lo largo de los años cambios paulatinos en su ritmo de vida. En la antigüedad se gozaba de una vida más tranquila, con ocupaciones, pero sin el estrés citadino de una sociedad en constante movimiento, aunque caben destacar las excepciones históricas que condujeron a diversas modificaciones repentinas, casi inmediatas, como la pandemia que atravesamos actualmente.

Antes del caos sanitario del 2020, la vida diaria solía ocurrir sin pausas, de una forma acelerada y en constante oscilación, razón por la cual las prioridades de cada persona se ubicaban en la vida social y no en su interioridad. Hoy en día tenemos claros los efectos nocivos de cualquier exceso en nuestro cuerpo, porque ante una enfermedad viral poderosa, la condición en la que se encuentre tanto nuestra salud física como mental determinará nuestra capacidad para enfrentar cualquier pandemia.

Sobre esta base podemos ubicar el estado mental de cada individuo en una situación fuera de su cotidianidad. De esta manera, si la vida diaria se modifica en algún minúsculo detalle, la frustración y el estrés se apoderan de la tranquilidad aparente de una rutina establecida. Así, la necesidad desmedida por terminar una tarea provocará un estrés incontrolable, que muchas veces nos priva de recordar las necesidades básicas del cuerpo: alimentación y descanso. Sin esta combinación de factores resulta casi imposible rendir correctamente en cualquier actividad. Es por ello que se vislumbran los excesos con la comida, tanto en incremento como en disminución.

Una vez planteado el contexto que conduce a un individuo al descuido de su alimentación habitual, ¿cuáles son las bases científicas que respaldan los cambios de humor ante la falta de comida?

La falta de orden y estructura en los hábitos alimenticios provocan que nuestras necesidades nutritivas no se satisfagan adecuadamente, incitando déficits calóricos que el organismo detecta, enviando una señal de alerta a través de la incomodidad y, por tanto, del enojo. Las carencias no sólo se reflejan a través de un estudio bioquímico, sino que también mediante las emociones. El cerebro percibe una amenaza cuando los niveles de nutrientes cotidianos bajan y se manifiesta a través de la falta de concentración, el dolor de cabeza y la irritación.

Para evitar los arranques de ira y de cualquier otra emoción, es importante plantearse al menos 5 tiempos de comida, en los que se alimente adecuadamente al organismo (y no sólo se disfrace el hambre). Las colaciones con alto valor proteico pueden resultar un gran aliado en este tipo de situaciones fuera de la norma. ¿Te gustaría conocer nuestra variedad de alimentos normoproteicos, ideales para una colación saludable?

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Barattucci, Y. (2011). Estrés y alimentación. Argentina: Universidad Fasta. Tesis de licenciatura.

MacCormack, J., Lindquist, K. (2019). Feeling Hangry? When Hunger Is Conceptualized as Emotion. American Psychological Association, 19(2), 301,319.